LA HISTORIA VIVA DE LA ESCUELA N° 9 (1922-2021): UN VIAJE MÁS EN SULKY


Hasta el día de hoy, Catalina disfruta de los quehaceres domésticos y el fiel reflejo de esa afirmación era su mesa repleta de telas y un costurero. La tijera y otros accesorios eran apenas iluminados por el sol que asomaba a través de la ventana de la cocina e iba perdiendo intensidad con el paso de los minutos. La tarde fría y ventosa resultaba acorde al mes de julio. Cata tiene un tono de voz agradable, habla pausado y enseguida aparece el recuerdo de doña Lala, su madre, una mujer que, según describe, se asemejaba a ella: pacífica, amistosa y buena. De la Escuela N° 9 tiene mucho para contar. «Viajábamos seis en el sulky: María, Bernardo, Edith, Marta, José y yo», relata. En total eran doce hermanos (ocho mujeres y cuatro varones) y Cata iba día por medio (se alternaba con Julia) porque una de las dos debía quedarse en casa a ayudar a Lala y cuidar a los más chicos.
Cursó hasta sexto grado y tiene grabado el recuerdo de los guardapolvos blancos y cómo los almidonaba. En verano, el horario era de 8:00 a 12:00 y en invierno de 13:00 a 18:00. El desayuno y la merienda tenían como menú principal la cascarilla. «Los padres de los alumnos ayudaban mucho, entonces se turnaban para llevar la lecha. Comíamos pan y a veces alguna madre hacía torta», comenta.
Cata se entusiasma con el correr de la charla y tiene tanta lucidez que nos ayuda a dibujar un croquis de la escuela. «Acá estaba la galería, y el mástil acá», dice al tiempo que señala sobre la hoja donde Viviana traza las líneas.
«A mí me encantaba, era una alegría ir a la escuela», afirma sonriente. Se acuerda del profesor Pablo Díaz y de las maestras que venían de Pehuajó. También de la bandera bordada, el moño grande y los flecos. «Teníamos dos recreos largos y jugábamos a la mancha y a la escondida. A la pelota también, hacíamos una cancha y pateábamos con los chicos», cuenta.
Cata menciona las fiestas patrias de su época escolar: «Eran sagradas. Era lo que más queríamos que llegara. Veníamos al pueblo con unos fríos que mamma mia (en referencia al 9 de julio) y cuando volvíamos a la escuela ya estaba el chocolate caliente con las tortas fritas y pasteles que preparaba la comisión», relata. Vale recalcar que su padre, Don Bernardo Filippini, fue parte de la Comisión por más de veinte años, en los que participó activamente en los cargo de presidente y tesorero.
Tal como se acostumbraba, en su casa debía trabajar en distintas labores: «Nos tocaba hacer la quinta, matar animales, pelarlos. Un día mi papá nos levantó a las tres y media de la mañana para salir con las rastras a juntar pasto y trabajar a la luz de la luna porque se venía un gran viento», describe orgullosa. Cata es pura y transparente. El entusiasmo y las ganas de revivir su niñez y su paso por la 9 nos hicieron olvidar del frío y disfrutamos de una cálida charla, repleta de recuerdos y vivencias que traspasan generaciones.

PRODUCCIÓN: Martín Palma IDEA ORIGINAL: Viviana Bíscaro







































